«Cette navigation fut marquée par la rencontre d’une immense troupe de calmars, curieux mollusques, très voisins de la seiche. Les pêcheurs français les désignent sous le nom d’encornets.»
Vingt mille lieues sous les mers (1869) – Jules Verne.
«Cuttlefish. Eh? Let us not, dear friends, forget our dear friends the cuttlefish… flipping glorious little sausages. Pen them up together, and they will devour each other without a second thought… Human nature, in’it? Ooor… fish nature…»
Pirates of the Caribbean: At World’s End (2007) – Jack Sparrow.
“Dans la vie rien n’est à craindre, tout est à comprendre, exception faite des calamars.”
Marie Curry
Génesis
Es poco decir que este viaje habría sido radicalmente diferente si los británicos no hubieran decidido una mañana lluviosa de 1757 que el sol nunca volvería a ponerse sobre su imperio. Esta aventura tampoco habría sido posible si, 2 siglos en adelante, los estadounidenses no hubieran decidido que invadir otros países del planeta ya valía verga y que la Luna tenía que ser la meta ultima.
55 años más tarde, un búlgaro-vasco-fines visita a su tienda Decatlón favorita en Donostia con ganas de comprarse la cena más fancy de la historia del senderismo moderno. Entre varias opciones deshidratadas poco brillantes de fideos arrastrándose como gusanos y sopas arenosas, elige un curry. En su mente no existe ninguna duda: si fuera un astronauta de camino a la Luna, no se le antojaría nada sino un curry. Veremos mas adelante las consecuencias de esa desafortunada elección. ¿O tal vez sea culpa de los calamares?
En busca de los extremos
Ha pasado casi un año y medio entre los acontecimientos y su relato, pero es importante entender que dicha aventura se elaboro y se vivió en su momento como la más extrema de la historia aizokorriña. Sufrimos varias renuncias de última hora y una campaña de desestabilización sin duda liderada por el lobby de las compañías de seguros para hacernos pagar el equivalente a una cómoda cama en una habitación de hotel a la que habíamos renunciado. “Ni cama, ni helicóptero” dijo algún día con razón un anarquista de la calle Juan de Bilbao.
A pesar de todo, conseguimos reunir a un equipo internacional motivado: el amante de curry multilingüe previamente mencionado y su novia magyar-rumano-coreana, un arancino, una arancina, una ciudadana de Brunostland, un esloveno, y dos gabachos.
Primer día: anatomía de una intoxicación alimentaria
El 19 de abril a la tarde estos héroes de la nevera perpetua se encontraban en el piso -2 del parking de la estación de autobuses de Donostia, sin retraso notable. Uno llevaba crampones de alpinismo, gafas de sol con filtros UV 100%, saco de dormir con temperatura confortable -25°C y un curry deshidratado inicialmente destinado a conocer la vía láctea. Los demás llevaban calcetines de cambio, una chaqueta heredada del abuelo y con suerte unas gafas suficientemente manchadas para filtrar los rayos mortales del sol.
El equipo se dividió en 2 grupos: la primera mitad subió en el coche del cohete de la vía láctea, y la segunda se dejó convencer que las conversaciones de la arancina no iban a ser tan difíciles de aguantar y que igualmente pronto tendría que callarse si no quería abonar los asientos del coche con el compost de su dieta vegetariana. El futuro nos enseñaría que la autopista Donostia-Santander no tiene tantas curvas como esperábamos.
Haciendo un salto de 2 horas en adelante, ya eran las 19:30 y recién habíamos llegado a Cantabria. Aún faltaba mucho para llegar y ya sabíamos que tocaba andar de noche otra vez. Podíamos parar con tranquilidad, sin presión en una cafetería a lo largo de la carretera. Leyendo la conversación WhatsApp de aquel día, aparece que fue uno de los gabachos (No traicionaré a mi compatriota revelando su identidad) quien propuso el restaurante “Dos Ríos”, vecino del bar “Los chiquis” en la preciosa población de Vargas.
En aquel pueblo, eran los calamares los que más tiempo llevaban sin ver el mar. A un estomago acostumbrado a los ataques terroristas del cabrales no le importa que los cefalópodos hayan pasado tanto tiempo en tierra que la evolución les haya dotado de piernas. Vuestro narrador, también acostumbrado a los explosivos de los quesos abachos, disfruto de las rabas como si fuera su última cena. El conductor del cohete no tuvo la misma suerte. ¿O tal vez sea culpa del curry?
A las 21:00 y pico los dos coches asomaban en el aparcamiento del Chalé Real. El coche de alquiler, acostumbrado a la música clásica de los aparcamientos subterráneos y a la implacable bondad del seguro probablemente no esperaba encontrarse algún día con un camino de tierra desnivelado como una pista de esquí y agujereado como un campo minado. Teníamos que andar una hora para llegar en el sitio que nuestra guía cohete había planeado. Andar de noche es una tradición del grupo, y como cualquier tradición, lo que empezó por casualidad o error acabo siendo un imprescindible del viaje.
A aquellos que no se conforman con la luna, que vayan a Andalucía. La Luna tiene la capacidad de trasladar su paisaje craterizado a la Tierra tan solo con su reflejo azul. Una suave luz plateada borraba nuestras ojeras mientras montábamos el campamento en la única zona llana situada al límite de los neveros. 4 de nuestros compañeros eligieron el confort (y el peso) de la tienda de campaña. Los demás dormimos en contacto directo con este suelo que tanto queríamos pisar y con esas estrellas que tanto tiempo llevábamos sin contemplar. La cena fue rápida. Nuestra guía se comió un curry (el famoso curry previamente introducido). Las previsiones daban -5°C por la noche, perfecto para conocer el límite de nuestro saco de dormir. El empirismo siempre es un pretexto para el masoquismo.
Segundo día: diarrea y hielo
Se dice que a los vascos les gusta apostar. Si eso es cierto, nosotros somos unos vascos fracasados. Esperábamos caminar sobre nieve blanda y, por el contrario, producir excrementos sólidos y fibrosos. Si bien es cierto que la nieve se volvió más blanda cuando salió el sol, eso no coincidió con una mejora en la consistencia fecal de nuestro guía, torturado por dentro y maldiciendo al progenitor de una famosa tienda deportiva cuyo nombre no revelaremos.
Abandonamos el plan inicial, lo cual consistía en pasar la siguiente noche en la cima de uno de los montes más altos de la zona en favor de una corta caminata hasta la cabaña Verónica: un refugio en forma de telescopio rodeado por las chovas piquigualdas. Llegado allí la guía sintió sus fuerzas volver poco a poco. Al menos, ya no tenía ganas de potar, y mejor así porque el curry no es autóctono de la cordillera cantábrica y las consecuencias para el biotopo local habrían sido desastrosas.
Dejamos nuestras mochilas fuera del refugio y empezamos a subir uno de los montes más cercanos, eligiendo el camino más vertical. Solo al mirar las fotos que nos estábamos tomando en la subida nos dimos cuenta de la inclinación y del potencial de ese tobogán helado. Para bajar inventamos un deporte mixto, lo cual consistía en esquiar sin esquís. La vista desde la cima superaba todas las expectativas: un sinfín de montes vírgenes, ni un pueblo, ni una casa en el horizonte. En el País Vasco solo se come txuleta de enero a mayo, mientras en Asturias se come cachopo todo el año. De allí viene que los montes vascos casi siempre están ocupados y que los Picos de Europa permanecen un desierto de humanidad (si uno tiene otra explicación, estoy abierto al debate).
En vez de dormir en una cima, bajamos hacia un lago cuya agua transparente aprovechamos para limpiarnos las axilas y rodar videos pornográficos en italiano. El sol desapareció y el frio enseguida volvió como si nunca se hubiera ido. El genio humano no tiene límite cuando se trata de sobrevivir, especialmente cuando el peligro es congelarse los huesos. Teníamos patxaran y unos juegos nerviosos pensados para cansar los niños en los campos de verano. El más popular de esos juegos se llamaba el ninja. Consistía en intentar cortar a las manos de los demás sin perder las propias en la batalla: barbárico y sangriento pero eficiente. Aquella noche, más hemoglobina que patxaran ha corrido a raudales por la orilla de nuestro lago alpino.
Tercer día: Vuelta a la civilización
El domingo fue un paseo tranquilito hasta llegar al teleférico Fuente Dé, donde pudimos comer un desayuno de verdad con café y colacao. La mirada de los rebecos nos acompañó hasta el coche. Tocaba volver a casa, bajando la montaña y sus 9 semáforos. Tras una ultima parada en Potes para comer el famoso cachopo asturiano, seguimos hasta Donostia, definitivamente convencido que había llegado el tiempo de convertir nuestro grupo en un club de alpinismo. De allí nació nuestra obsesión por el hielo.
