Selva de Irati: La noche para los de la noche

By Hugo Juillard | November 25, 2023

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Por qué Irati?

El dicho vasco dice “eguna egunekoentzat, gaua gauekoentzat”, el día para los del día, la noche para los de la noche. Desde el principio de esta aventura Aizkorriñarra, y como indica claramente nuestro querido contrato, elegimos ser parte de la noche. Mejor dicho, fue la noche quien nos eligió, un sábado memorable de mayo 2021 (hablaremos de esto en otro artículo).

En este año 2023, al acercarse el otoño, se nos ocurrió viajar hacia el valle más otoñal de Euskal Herria, sino de toda la península ibérica: la Selva de Irati. Formamos un equipo heterogéneo y en gran parte sufriendo de carencias con respecto al tema de la nictalopía.

Aun así – y tal vez gracias a ello – íbamos con muchas ganas de adentrarnos en ese bosque legendario y de compartir una barbacoa con los seres mitológicos de la zona. Llevábamos una semana soñando con lamer a una lamia en los labios o donde sea, cuando por fin dejamos Donostia en el retrovisor, a toda hostia hacia el fin del mundo vasco.

El viaje: el talón de Aquiles de la bestia

Llegar a Irati desde Donostia lleva alrededor de 3 horas, sin contar la parada en Pamplona para comprar txuletones y algunas cositas más. Íbamos bastante tarde (como es de costumbre) y la cosa no iba a mejorar dado que el coche donde el escritor de esas palabras tenía el culo cariñosamente clavado sufrió un incidente que ni Mari desde Anboto había previsto.

Fue un amistoso compañero de autovía quien nos guiñó para avisarnos del problema. Pero tuvimos que investigar duro para llegar a la conclusión que un neumático podía estar pinchado. Es difícil imaginar el estupor que provocó esa suposición, lo cual podría compararse con el momento en que los hidalgos tranquilamente hundidos en los más profundos sofás del Titanic con una copa de brandy en la mano se enteraron de que se iban a hundir en un pozo infinitamente más profundo que sus cojines por culpa de una trozo de hielo infinitamente más grande que el cubito enfriando su digestivo.

Querido lector, estarás pensando que el autor es un pinche exagerado que se está pasando, wey, con sus mamadas, pero el coche este es una institución, un salón ambulante que no falla nunca ante la adversidad. ¿Qué hicimos? Paramos el coche, comprobamos los neumáticos e hinchamos el talón de Aquiles de la bestia. En nuestra perdición, algunos de nosotros se inventaron teorías descabelladas según la cual el peso del cabelludo autor de estas líneas podría ser responsable de esta pérdida de aire.

Tras convencer a Zdravko que no había vergüenza en pagar el 1 eurito que costaba el aire, volvimos a sentarnos en el sofá zumbando. Vuestro servidor pidió disculpas por su pesado culón y seguimos con el camino poniendo una alarma para comprobar cada 15 minutos qué tal iba el talón de la bestia.

Dolmenes en la niebla y pócima mágica casera

Irati cumplió con su reputación: llegamos en una niebla tan especie que la podríamos haber cortado con un cuchillo para repartirla de postre entre los del coche. De repente un monumento megalítico asomo en los faros, tan fresco como si los gentiles lo hubieran construido el día anterior. Pocos kilómetros faltaban para llegar a la cueva de Arpea donde empezaba la ruta, siguiendo una carretera colgado al acantilado. Y en este apocalipsis sonaban los coros bebidos de Getaria cantando a la gloria del Txakoli.

Aparcamos, rezamos para el coche y nos lanzamos al camino, el cual empezaba con una tremenda bajada al fondo del valle, cruzando vallas y praderas con hierba tan altas que las mazorcas susurraban a nuestros pezones (desafortunadamente, no conseguimos traducir el mensaje). Cruzamos el primer río de los 12 que íbamos a cruzar en la noche (en realidad 11 veces el mismo río) y empezamos a subir, subir y subir. Cuando por fin llegamos a puerto, celebramos con un chupito de Patxaran, probablemente casero (aunque eso dicen todos). Y veremos que ese licor lo íbamos a necesitar para los próximos pasos.

Fiat Lux : Hannibal, croqueta y helicóptero

A los anarquistas ni dios ni leyes, a los Aizkorriñas ni luces ni puentes. Esto tenemos escrito en nuestro querido contrato y llevamos meses o incluso años repitiéndolo, sin éxito. Nada mejor que la luna para no partirse la media-luna. Aun así, parte de nuestro equipo decidió encender su luz frontal.

Hannibal y su ejército de elefantes seguramente no presenció un reto más grande que el nuestro a la hora de cruzar los Alpes en pleno invierno – aunque en pocos aspectos se puede comparar Zdravko con Hannibal y muchos menos el autor de estas palabras con uno de sus comandantes.

El valle donde nos adentrábamos se veía claramente, dado que ni el bosque ni la niebla alcanzaban esas alturas. Un río señalaba la frontera con Francia moviendo sus calderas por un lado y por el otro como si no hubiera sido capaz de elegir si del padre o la madre. Tampoco fuimos capaz de elegir. Saltábamos allí, volvíamos volando por aquí pensando ya en regresar allá; total, cruzamos el río una docena de veces, tanto que las truchas, al ver pasar tantas estrellas fugaces tuvieron que creerse el 15 de agosto. Sin ánimo de despertar recuerdos dolorosos, se tiene que precisar que no todos fuimos estrellas fugaces esa noche, algunos fueron más bien cometas. No de las cometas que extinguen reptiles aterradores, sino de las que dejan un pequeño hueco pronto olvidado.

Hannibal y su comandante volábamos encima del agua con la elegancia de Francia, mientras sus elefantes iban aplastándose por una orilla y por la otra. Lo que tenía que ocurrir, ocurrió. Confiábamos en que las cometas trompetunas serían capaz de seguir el paso de sus líderes hasta en los barraquillos más quisquillosos. No solo elegantes sino también optimistas. El autor de estas líneas no tuvo la suerte de presenciar el espectáculo, pero se lo contaron tan bien que es como si tus propios ojos lo hubieran visto. La protagonista del incidente no deseo hacer su nombre público, por lo que la llamaremos Burgos. Disculpad esa marca de debilidad por parte del autor, pero el mismo, aunque no tenga hijos, quiere la vida demasiado y es muy joven todavía para terminar en una morcilla.

Burgos iba con la luz frontal encendida, a pesar de nuestras recomendaciones. Resulta que solo podía ver un metro delante al mirar delante y un metro en los lados al mirar en los lados. Cuando el camino se hizo tan estrecho que los lados se hicieron barrancos, uno por arriba el otro por abajo, solo quedó el delantero. Burgos, toda enfocada en el delantero no se dio cuenta de esa evolución del terreno y piso el lado derecho pensando encontrar tierra firme. Encontró el vacío, y como no sabía volar, se hizo croqueta para dar un par de vueltas en el rebozado del barranco. La leyenda cuenta que en estos 3 segundos que tardó en bajar el barranco le llegaron 3 palabras a la mente: “helicóptero, dinero, mi madre”. A Hannibal le dio tiempo saltar para salvar a nuestra compañera, pero estuvo más cerca de perder la vida que de salvar la suya.

Desafortunadamente, nuestro equipo solo contaba con un médico: la señora Burgos. Tuvo que limpiarse la sangre y esconderse los huecos sola, maldiciendo el cruel Hannibal y su fiel comandante por haber traído tanta desgracia en su vida de paz, euskera, vermut y guardia. Aun así, y hasta que los huecos no se vuelvan agujeros, no se llama al helicóptero (Artículo 15).

¿Puentes o petirrojo? ¡Elige tu campo!

Seguimos nuestro camino, algunos volando con la levedad del petirrojo y deseando secretamente sorprender a una lamia, otros levantando puentes para cruzar el cada vez más ancho río.

Mientras toda esta gente iba poniendo toda su energía en la construcción de viaductos, pensando que al menos quedaba poco para llegar a esta cabaña acogedora que se le había vendido al inicio del viaje, Hannibal susurraba palabras poco tranquilizadoras a su comandante. Resumiendo, mucho (pero sin perder el tono trágico) esas palabras hablaban de un mapa poco claro y de la posibilidad de que tengamos que subir una montaña para alcanzar otro valle.

Burgos y los demás no sabían que esta aventura había empezado con tan solo una foto de una cabaña, sus coordenadas GPS y un comentario encontrado en wikiloc mencionando la existencia de un refugio libre (llamado Egurgi).

Como rastrillos en el cobertizo de jardín

Cuando por fin descubrimos un puente que probablemente llevaba al refugio, el grupo sufrió un motín y se dividió en dos: por un lado, Hannibal, el comandante y un fiel servidor finés, y por el otro lado los demás. El grupo Hannibal pensaba encontrar un puente frente al refugio, ahorrando una caminata ganchuda por el matorral. No encontraron ningún puente y tuvieron que cruzar por última vez el río saltando de piedra en piedra como unas cabras avergonzadas.

Sí había cabaña, aunque desde lejos como cerca se parecía más a un cobertizo de jardín acurrucado en la orilla de la selva. Rastrillos y horquillas pueden pasar la noche con poca calefacción, solo se le ofrece un techo para que no se oxiden. Nosotros somos al revés, poco nos importa acabar oxidado, nuestro interés está más bien en conservar sangre líquida en los pulgares. El interior del cobertizo pintaba mejor, con un bonito altillo de madera sobresaliente a la fogata tipo: hasta en la arquitectura Iratiñense ha ido influyendo el concepto de barranco.

Al prender el fuego, nos dimos cuenta que no había parrilla. El genio humano no tiene límite cuando se trata de comer un txuleton. Construimos una parrilla tan solo con un par de ramas y un rollo de papel aluminio.

Conseguimos más humo en el refugio que calor en las txuletas pero esta carne también tiene su encanto cruda. La acompañamos con un salteado de seta parasol de primera calidad recogidas la misma noche. Sólo el perejil y el ajo faltaban en esta fiesta de sabores de nivel Basque Culinary Center. Instalamos nuestro nido en el altillo tras abandonar la ilusión de calentar el hogar con el fuego. Justo antes de caer en el más profundo sueño, mi vecino de cama mas cercano me señaló unas estrellas brillantes en el cielo. Este cielo era el techo y las estrellas eran una constelación de hielo, esperando el vaho de nuestros sueños para adueñarse de la bóveda celeste.

Adiós querida noche

Cuando sonó el despertador, la cabaña había pasado de cobertizo a frigorífico. Nuestro equipo se parecía a una extraña colección de embutidos congelados colgados al altillo. Fuera, lo negro de noche se había convertido en blanco. El pasto crujía debajo del zapato, las setas parasol también se habían congelado.

Descubrimos que una carretera seguía el camino exacto que habíamos seguido durante la noche anterior, lo que no dejo de despertar rencores. Esa vez decidimos ir por el hormigón: los caminos de la noche para la noche, los del día para el día.

Llegado al puerto, teníamos una vista imperdible en nos pirineos navarros, destacando el monte Orhy– cima de la selva de Irati con 2017 m. Esa selva de Irati que apenas habíamos podido tocar con los ojos ya la teníamos que abandonar para regresar a la ciudad.

Poco más se puede contar sobre la vuelta a Donostia aparte de que paramos en un restaurante reanudar con alimentos cocidos. El cansancio y la botella de tinto incluida en el menú convirtieron algunas mentes en una selva más hermética que la propia Irati, explorando teorías cósmicas sobre las propiedades de la miel al entrar en contacto con el tinto. Dejamos el lector investigar sobre este tema en la literatura científica, si tiene interés en ello.

¿Qué conclusiones podemos sacar de esta aventura? Si no quieres la vida, enciende la luz. Si la quieres déjate llevar por la luna. Jentilak neblinosos, truchas psicodélicas, elefantes arquitectos, lamiak fantasmas: Irati sin ninguna duda se merece el título de una selva y su bestiario vale la pena de tantos esfuerzos para alcanzarla. El recuerdo de este mundo en el mundo iba a dejar huellas profundas tanto en las mentes como en el cuerpo, y dicen algunos que aun hoy en día lo llevan tatuado en la piel de la pierna.

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